OPINION | Transformación ESG: El Papel de las Grandes Empresas y las Cadenas Productivas Integradas

22 octubre 2020

El acrónimo ESG (Environment, Social and Corporate Governance) refiere al conjunto de principios por los que una empresa no sólo sigue el impacto de sus actividades, sino también promueve la conservación ambiental y el desarrollo social. Existen varias oportunidades para que el Brasil transite hacia una economía de bajo carbono combinando asistencia técnica, con nuevos modelos de financiación que las grandes empresas pueden poner a disposición de sus cadenas de valor.

La ESG proviene de la noción del Triple Bottom Line, introducida por Elkington en la década 1990, que proponía incorporar las dimensiones ambientales y sociales a la perspectiva económica de la comprensión de los negocios. El término ESG surgió de la publicación del informe Who Cares Wins, Connecting Financial Markets to a Changing World, iniciativa conjunta desarrollada por el Pacto Global de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), junto con varias instituciones financieras, en los años 2000. 

El informe Who Cares Wins, que proviene del Pacto Global, no es un instrumento regulatorio, ni un código de conducta obligatorio, o un foro de control de las políticas y prácticas de gestión. Es una iniciativa voluntaria que proporciona directrices para la promoción del crecimiento sostenible y la ciudadanía a través de líderes empresariales comprometidos e innovadores. En este documento se destaca el rol clave del sector financiero como articulador y facilitador de las prácticas ESG de manera propositiva para la sociedad en su conjunto. 

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Ya a principios de 2005, las Naciones Unidas, junto con un grupo de los mayores inversores institucionales del mundo, se unieron para desarrollar algunas premisas sobre cómo orientar las actividades financieras en funció de un desarrollo corporativo sostenible. Como resultado, se desarrollaron los Principios para la Inversión Responsable (PRI). Estos principios fueron lanzados en abril de 2006 en la Bolsa de Valores de Nueva York, y desde entonces su número de signatarios ha aumentado de 100 a más de 3.000, lo que representa más de 100 billones de dólares en activos. Según Morningstar, para el primer semestre de 2020, los ingresos netos en fondos ESG alcanzaron los 21 mil millones de dólares. 

Aunque el término y el concepto ESG han circulado ya durante algunas décadas entre académicos y dirigentes de distinto tipo de instituciones, el contexto actual de fragilidad económica y social provocado por la pandemia de Covid-19, sumado a la presión de grandes inversores internacionales, ha hecho que el tema cobre nueva importancia. 

BlackRock y Storebrand han anunciado revisiones significativas de sus carteras de inversiones, penalizando a las empresas que detienen pasivos ambientales y sociales. Aunque este movimiento de inversores es polémico, a veces por la dificultad de medición y coherencia en los criterios de exclusión de empresas de la cartera, a veces porque la transición de las empresas excluidas hacia modelos de operación más ecológicos es lenta y costosa (y, por lo tanto, una retirada abrupta del acceso al capital también perjudica al ecosistema actual), el hecho es que ha generado una amplia agenda de discusión y movilización ESG: qué datos, qué criterios, cómo rastrear/monitorear, cómo seleccionar y evaluar, dónde invertir, etc. Estos movimientos ilustran el poder que tienen los inversores junto con los consumidores, para presionar a las grandes empresas a cambiar el modus operandi de los negocios.

Brasil podría ser un referente agroclimático

En Brasil, existe actualmente un movimiento importante de líderes empresariales con compromisos y demandas para reposicionar el país en un nivel destacado en relación con el desarrollo ambiental y social. Pocos países pueden desempeñar un papel tan estratégico en la producción de alimentos con bajas emisiones de carbono y, al mismo tiempo, mitigar los efectos del calentamiento global. Existe, por lo tanto, un potencial subexplotado que puede, en el futuro, reforzar la posición del país como referente agroclimático.

Hay debates más o menos extremos sobre cómo puede ocurrir una transición hacia modelos de negocios más sostenibles en una economía baja en carbono. Por un lado, hay reportes como el del World Economic Forum (The future of the nature and business, 2020), que afirma que el pasivo ambiental acumulado hasta ahora en el mundo supera los 44 billones de dólares. El informe proyecta costos de 2,7 billones/por año hasta el 2030 para transitar hacia una nueva economía, incluyendo nuevas tecnologías que son críticas para el 80% de las nuevas oportunidades de negocios.

Por otro lado, hay otras estimaciones, como la del World Resource Institute Brasil (2020), que apunta a ganancias de 2,8 billones de reales en el PIB durante la próxima década si se adopta una economía baja en carbono orientada a cadenas de infraestructura inteligente, innovación industrial y agricultura sostenible. Sólo en agricultura, podría haber un aumento de 19 mil millones de reales en ingresos, la restauración de 120.000 km² de pasturas degradadas y una reducción del 42% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Si esto sucede, en 10 años el país podría ser más competitivo y estar libre de la deforestación. La adopción de mejores prácticas ESG podría valorizar la marca Brasil en el mundo y fortalecer la posición del país como potencia agroclimática. 

Una economía baja en carbono se ha convertido en el foco no sólo de la agenda ambiental, sino de todos aquellos que se ocupan del mapeo de riesgos en los sectores productivos de mayor impacto económico. No en vano, el tema de la Amazonía y el riesgo de su devastación (si no se contiene la deforestación delictiva), han ganado una gran relevancia. 

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La Amazonía ocupa un área correspondiente a alrededor del 40% de Sudamérica. La región, de densa selva tropical, se extiende por nueve países, pero el 60% de su extensión se encuentra en Brasil. En la Amazonía legal brasileña viven 27 millones de personas. La selva juega un papel crucial en el ciclo del agua, el régimen de lluvias, y es de extrema importancia en la regulación del clima global y en la mitigación del calentamiento del planeta.

Según datos de la Universidad de Maryland (EEUU), publicados en Global Forest Watch, Brasil es el país que ha perdido la mayor superficie forestal en el mundo. De enero a diciembre de 2019, registró la tasa de deforestación anual más alta en una década, acumulando casi 1,4 millones de km² destruidos - lo que corresponde a un tercio de lo deforestado en todo el planeta en ese período. En el primer semestre de 2020, la conversión de vegetación nativa en la Amazonía Legal fue un 26% mayor que en el mismo periodo de 2019, con una pérdida de 3.000 km². Esto representa el peor resultado del primer semestre de los últimos cinco años. 

En el mapa mundial de los productores de gases de efecto invernadero (GEI),  Brasil contribuye con menos del 3% de las emisiones mundiales. Esto se debe en gran medida al uso de una matriz energética que proviene mayormente de fuentes renovables. Sin embargo, su mayor pasivo ambiental proviene del mal uso (deforestación) de tierras y bosques (45%) y de las actividades agropecuarias (25%). Es decir, hay muchas oportunidades para que Brasil se convierta en un polo de generación de créditos de carbono. Si el país opta por expandir su producción agropecuaria sin deforestación, utilizando medios de producción y  usos de la tierra más eficientes e intensivos, podría dar un salto hacia la sostenibilidad, la productividad y la competitividad. 

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Las buenas prácticas vinculadas a la producción atraen las inversiones. Según un reciente informe (2020) del Consejo Empresarial Brasileño para el Desarrollo Sostenible (CEBDS), los créditos de carbono para la preservación de la Amazonía podrían generar 10 mil millones de dólares anuales. A medida que el mercado de créditos de carbono avanza hacia una mayor regulación y consolidación, el sector privado brasileño que opera en la generación de esos créditos podría beneficiarse significativamente del mercado global de comercialización de estos activos. Cabe señalar que hay 46 países que ya trabajan con alguna forma de inducción del mercado de carbono. Algunas grandes empresas ya han contabilizado y valorizado los créditos de reducción de GEI en sus actividades internas, y pueden convertirse en actores muy relevantes para la inducción de ese mercado global. 

Proyectos de reducción de carbono

Existe un gran potencial para pilotos y proyectos de reducción de carbono en las cadenas de suministro de las grandes empresas. En el sector agropecuario hay casos exitosos de reducción de carbono a través de la integración entre cultivos, ganadería y bosques en sistemas silvopastoriles y agrosilvopastoriles, donde el rol de l asistecia técnica es fundamental. 

Uno de estos casos es el programa Territorios Inclusivos y Sostenibles en la Amazonia, que se lleva a cabo en Tuerê, Novo Repartimento, estado de Pará, uno de los asentamientos rurales más grandes del mundo, con 170 mil hectáreas y más de 3 mil familias. El proyecto combina bosque, cacao y ganadería. Iniciado en 2015, actualmente asiste a más de 225 pequeños productores para implementar prácticas de bajo carbono, combinando la mejora de la producción con la conservación forestal y la generación de ingresos. Los agricultores familiares han demostrado que la recuperación de áreas de pasturas degradadas por la cría extensiva de ganado con el cultivo del cacao en Sistemas Agroforestales (SAFs) es más rentable que deforestar para abrir nuevas áreas de pastoreo.

El aumento de la productividad y rentabilidad, vinculado a las prácticas de baja emisión de carbono, puede ayudar a cambiar la mentalidad de otros productores que todavía ven los bosques como elementos meramente pasivos. El objetivo es garantizar que la cría de ganado no avance sobre nuevas áreas forestales y que el cacao, nativo de la Amazonía, se convierta en una fuente de ingresos en un sistema integrado de producción de cacao/ganadería.

La técnica llamada restauración productiva, adoptada por Solidaridad en la Amazonía, se basa en Sistemas Agroforestales (SAFs). La elección de SAF utilianzo al cacao, una especie nativa de la región, como buque insignia, cumple simultáneamente con las prioridades de recomposición forestal y de generación de ingresos. Esta unión garantiza la sostenibilidad del proceso y promueve la inclusión de la agricultura familiar en la cadena de producción, la regularización ambiental y la mitigación de los efectos del calentamiento global.

Una de las claves de la sostenibilidad de ese modelo de producción a lo largo del tiempo es la asistencia técnica de impacto ofrecida por Solidaridad, que incluye:

  • el contacto constante entre técnicos y productores, con visitas individuales, capacitaciones grupales y el intercambio de experiencias a través de grupos de aprendizaje;
  • el uso de unidades piloto demostrativas;
  • y el uso de herramientas digitales, como Extension Solution, desarrollada por Solidaridad.

Además de la gestión agrícola, la iniciativa también promueve la capacitación en gestión financiera, y apoyo para la comercialización y gobernanza ambiental, fomentando la articulación con actores públicos y privados, especialmente para la reducción de la deforestación y la regularización ambiental.

El proyecto en Tuerê ha ayudado a reducir la deforestación en un 61% en las zonas de influencia del programa, ha ampliado la capacidad de las propiedades para el secuestro de carbono en un 20%, y ha contribuido a un aumento del 56% en los ingresos de los pequeños productores. En las unidades demostrativas de ganadería sostenible, la productividad libre de deforestación ha aumentado en un 200%. Las buenas prácticas han aumentado la tasa de fertilidad del ganado y la tasa de productividad del cacao en un 34%.

Los rendimientos del cacao, a su vez, ayudan a los productores a recuperar la inversión en restauración. Mientras que el precio del kilo de cacao en el mercado convencional es de casi R$ 8, el precio de los granos de alta calidad en el mercado bean to bar (de grano a barra) es de R$ 33. Estos resultados indican que es posible combinar la producción agrícola con la conservación de la naturaleza, aportando beneficios a los productores, la sociedad y el planeta. 

Oportunidades

Existen varias oportunidades para que el Brasil trabaje en una transición hacia una economía de bajo carbono y la preservación de la biomasa utilizando la asistencia técnica, junto con nuevos modelos de financiación que las grandes empresas pueden poner a disposición de sus cadenas de valor. Pero, ¿cómo sería posible? 

Pues bien, las grandes empresas ya “financian” sus cadenas de valor, gestionando el flujo de pagos a proveedores y clientes. Hoy en día el pasivo corriente de las empresas genera recursos de alrededor de 310 mil millones de reales en la gestión de proveedores. Esto representa un capital abundante a la espera de una gestión más orientada a mitigar los riesgos sociales y ambientales. Los sectores con capital de trabajo intensivo significan una circulación de recursos del orden del 40% del PIB, con ingresos anuales de unos 3 billones de reales.

Las líneas de financiación de los grandes bancos (a través del descuento de títulos) se centran en financiar las operaciones de las empresas, pero sin aplicar una perspectiva de sostenibilidad a la cadena de suministro o a los clientes. Son estructuras que operan a tasas anuales que varían entre CDI + 13%-15%, dando aliento financiero, pero quitando rentabilidad a los proveedores de grandes empresas. Así, existe una oportunidad para nuevos mecanismos de financiación, a través de estos grandes actores, que reduzcan el costo del capital destinado a su cadena de valor y, al mismo tiempo, agreguen indicadores ESG para la concesión de crédito y la reducción de las tasas a medida que se alcanzan las metas ESG.

Aun sin la intermediación financiera de los grandes bancos, las empresas pueden desarrollar, con la ayuda de gestores de recursos, más fintechs, plataformas altamente personalizadas para atender a sus objetivos específicos. Se trata de “financiar” al mismo tiempo que se educa a la cadena de valor, atrayendo a socios técnicos para prestar asistencia en nuevos modos sostenibles de operación. Las grandes empresas mantienen su flujo, mitigando riesgos y reforzando la agenda ESG; y los proveedores mejoran su rentabilidad y eficiencia, operando de manera más sostenible.

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Es hora de que las empresas consideren, más allá de la rentabilidad y la reducción de riesgos en sus inversiones, una mirada integrada a su ecosistema, fortaleciendo su propósito y su contribución al planeta. La sociedad y el medio ambiente lo agradecerán. 

Traducción adaptada del original en portugués publicado en el medio Transformação Nacional

 

 
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